
Hoy partió al encuentro del Señor, nuestro querido papa Francisco, pudo por gracia de Dios celebrar su última pascua, y nos dejó este mensaje…
Desde la Plaza de San Pedro, en la homilía leída por el Cardenal Angelo Comastri, el Papa recuerda que la Pascua no es una historia del pasado. Es una invitación a salir, a buscar a Jesús en lo cotidiano, en los hermanos y en la esperanza.
Cristo vive: hay que buscarlo
En su sermón, Bergoglio subrayó dos aspectos fundamentales del anuncio pascual. El primero: Cristo ha resucitado, está vivo. Por eso, no debemos buscarlo en el sepulcro. No se trata de una bella historia del pasado ni de un héroe para recordar o una estatua para admirar.
Todo lo contrario: hay que salir a buscarlo. Buscarlo en la vida diaria, en el rostro de los hermanos, en lo cotidiano, en lo inesperado. Buscarlo en todas partes, excepto en el sepulcro.
«Buscarlo siempre», insistió el Papa Francisco en su prédica. Porque si ha resucitado, entonces está presente en todo lugar. Habita entre nosotros, se revela —y también se oculta— en las personas que encontramos cada día, en los momentos más sencillos e impredecibles de la vida.
«Él está vivo y permanece con nosotros», añadió, «llorando con quienes sufren y multiplicando la belleza de la vida en los pequeños gestos de amor de cada uno».
Apresurémonos al encuentro con Cristo
El Sucesor de Pedro destacó: «Esta es la esperanza más grande de nuestra vida: que podemos vivir nuestra existencia —pobre, frágil y herida— aferrados a Cristo, porque Él ha vencido la muerte, vence nuestras tinieblas y nos lleva a vivir con Él en la alegría, para siempre».
Finalmente, el Papa recordó que el Jubileo es una oportunidad para renovar la esperanza. No una esperanza abstracta o superficial, sino una fuerza viva que se encarna en medio de nuestros sufrimientos, preocupaciones y cansancio. Estamos llamados a dejarnos transformar por ella, a mirar el mundo con nuevos ojos, y a contagiar esa esperanza a quienes nos rodean.
No podemos permitir que el corazón se encierre en ilusiones pasajeras ni en la tristeza. Debemos correr, llenos de alegría, al encuentro de Jesús.


